El amor y otras moléculas
Hubo una época en la que no necesitábamos que todo terminara en «ing» para que fuera divertido. Una época en la que el único «me gusta» que deseabas recibir era la sonrisa de tu vecina mientras saltaba la comba o enredaba sus piernas en el elástico. Te ponías a dar pataditas al balón y a girar en una errática órbita a su alrededor, con los ojos abiertos como platos, y un cosquilleo fabuloso te recorría el vientre explotando en tu pecho como una supernova. Era algo único. Mágico. Era amor… bueno, amoring , por si hubiera algún millennial despistado. Aquella época en la que todo el universo imaginable se reducía al patio del instituto. Una jungla compleja y excitante, tan cruel que podía engullirte si parpadeabas sin permiso. Una jungla que también era capaz de encumbrarte, cetro en mano, otorgándote el derecho a penetrar tras la humareda de vicio que se abría hacia el callejón sombrío, tras el gimnasio, lugar de reposo de lo dioses de...