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¡Bésame, tonta!

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     Por lo visto soy un filemamaniático empedernido. Eso me pasa por leer tanto. Si tampoco sabes lo que significa, te pongo al día. La filemamanía es la denominación científica que recibe el deseo intenso de besar a otra persona.      Un beso no es más que ochenta millones de bacterias y otros microorganismos a la deriva en apenas diez miligramos de agua, grasa y sales minerales. Los antropólogos nos cuentan que es «una forma instintiva de la madre para proporcionar afecto y protección a su cría». He leído a otros que hablan más bien de «un impulso de succión que trata de evocar el período de lactancia». Algunos opinan, en cambio,  que se lo debemos a «la costumbre de algunas tribus primitivas de olerse entre ellos»... Se atreven incluso a relacionarlo con «tendencias canibalísticas». Sea lo que fuere… le estamos perdiendo el respeto.      ¿No me crees?      Cientos de horas de Ballet Fit, Body ...

Misterios del hipocampo

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     El saber no ocupa lugar. Eso dicen.       A los diez años puse a prueba mi hipocampo memorizando las alineaciones de todos los equipos de primera división. Y la verdad es que no quedó mucho sitio para polinomios, análisis sintácticos y el dichoso genitivo sajón. No entraban ni a la de tres. Casi nada de lo que escuchaba en clase permanecía, sencillamente porque el que no estaba allí era yo.      Recuerdo las escasas excursiones con las que nos obsequiaban como una verdadera válvula de escape. Aprender, lo que se dice aprender, no aprendía mucho. Pero era diferente. No íbamos a museos. Ni a acuarios. Ni a bibliotecas. No nos retratábamos bajo ningún monumento de Sevilla. ¿Y a dónde nos llevaban entonces? Pues a la Cruzcampo .  ¿A ver cómo funcionaba una gran fábrica? No, no. ¡A beber! Sin alcohol, supones. Pues no. ¡Con alcohol! Eso sí, roscos y patatas fritas no faltaban, no vaya a ser que se mareen los ...

La agenda

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     Hay dos cosas en este mundo que siempre me han jodido bastante: la injusticia y que me tomen por tonto. Por desgracia, suelen ir de la mano en demasiadas ocasiones. Uno encaja golpe tras golpe desde que el pie toca el empedrado, y se consuela con la sensación ilusa de  haber puesto, o no, la otra mejilla. ¿Acaso importa eso cuando recibes un millón de bofetadas? Pues sí, importa. Es justamente por ello por lo que sigues levantándote cada día, lo que hace que puedas soportar a la persona que refleja el espejo cada mañana.      Yo soy de los que ya no ponen la otra mejilla. Hace tiempo me di cuenta que así encajaba la mitad de golpes. Aunque también aprendí que no importa tanto cuántos recibes, sino cómo los recibes. Y cómo te levantas de la lona antes de que te cuenten diez.      Tras terminar el servicio militar, probé fortuna en el departamento de compras de una potente empresa de construcción, justo cuando empezaron ...

La entrevista

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     No sé si fue por lo qué dije o por cómo lo dije. Pero me hizo sentir especial.      A mi padre se le ocurrió morirse antes de que mi madre cumpliera los cuarenta. Yo tenía seis años. Mi hermano mayor once y el pequeño dos. Nos quedamos perdidos en la inmensidad de la gran ciudad. Una anémica pensión de viudedad, que a duras penas nos mantenía de niños, se terminó de desangrar al toparse de lleno con la exigencia del adolescente.      Lo fácil hubiese sido volver al pueblo, con la familia. Allí tendríamos trabajo en el campo y estaríamos rodeados de los nuestros. Pero mi madre ya conocía ese tipo de vida. Creció pisando terrones, ennegrecida por el sol, calada hasta los huesos por el frío y la lluvia.  Así que sacrificó lo único que le quedaba para poder ofrecernos otras opciones.       Cuando me levantaba sin ganas de ir a clase -lo cual ocurría con excesiva frecuencia- mi madre solía co...

Memorias de un cooperante

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     Dicen que un esquizofrénico es capaz de retener más tiempo los recuerdos en la memoria. Pero si algo les envidio, en realidad, es su espontaneidad.      Aquel asfixiante septiembre fue como el alumbramiento de una nueva vida. El último año de carrera. El último día de estudiante. Recorrí los pasillos de la facultad y me colé en los sótanos del instituto anatómico forense. Allí, en una estrecha pared de ladrillo iluminada por una enorme claraboya, se presentaba el tablón con las calificaciones de la única asignatura pendiente: medicina legal y forense . Si aparecía aprobada… sería médico. Con pasos cortos pero firmes avancé por la galería como si del canal del parto se tratase. Me acerqué hasta aquel simbólico cuello uterino. Busqué mi nombre y se abrió la luz.      ¡Era médico!      Uno de los momentos más felices de mi vida, que no tuve tiempo de celebrar. Una semana después, mi novia me dejó po...

El lugar apropiado

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     La semana se estaba esfumando y aún no habíamos ni empezado el dichoso mural de la clase de ciencias sociales. Trabajo en grupo. Debíamos recortar nuestros ídolos y pegarlos en una cartulina, explicando su impacto en la sociedad contemporánea. Un rollo. Mis compañeros propusieron Duran Duran , Madonna , Alphaville … Yo prefería Elvis , Springsteen o Dylan . Una vez más, perdí de manera democrática, y me tocó ir  por cartulinas y pegamento. Pasé por delante de la vieja pastelería y babeé en su escaparate. Palmeras de huevo, sultanas de coco, tarta de manzana… No había merendado y pensé que, sin duda, me encontraba en el lugar apropiado. Pero como no llevaba suficiente dinero, continué mi camino de regreso a casa.      Aquel jueves, como tantos otros días, Eloy quedó con Gloria. La cogió de la mano y pasearon por el barrio. Él la besó. Ella lo abrazó. En algún momento decidieron tomar un café. Entraron en aquella pastelería donde se jur...

El amor y otras moléculas

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     Hubo una época en la que no necesitábamos que todo terminara en «ing» para que fuera divertido. Una época en la que el único «me gusta» que deseabas recibir era la sonrisa de tu vecina mientras saltaba la comba o enredaba sus piernas en el elástico. Te ponías a dar pataditas al balón y a girar en una errática órbita a su alrededor, con los ojos abiertos como platos, y un cosquilleo fabuloso te recorría el vientre explotando en tu pecho como una supernova. Era algo único. Mágico. Era amor… bueno, amoring , por si hubiera algún millennial despistado.      Aquella época en la que todo el universo imaginable se reducía al patio del instituto. Una jungla compleja y excitante, tan cruel que podía engullirte si parpadeabas sin permiso. Una jungla que también era capaz de encumbrarte, cetro en mano, otorgándote el derecho a penetrar tras la humareda de vicio que se abría hacia el callejón sombrío, tras el gimnasio, lugar de reposo de lo dioses de...

Tres mil caras

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     ¿Es mentira un sueño si no se hace realidad? Crecí escuchando a Springsteen haciéndose esta misma pregunta una y otra vez. Nunca fui capaz de responderla. Terminaba ahogándome en un mar de infidelidades y lamentaciones, mientras tres mil caras esperaban un veredicto.      Cualquier mal whisky envejece treinta años si al brindar se descuelgan los mejores deseos y los más bellos sueños.      Cualquier mal whisky envejece treinta años si sabe evadirte de la mentira, de la hipocresía, de los miedos. Si se convierte en tu cómplice. Y te mima. Te comprende. No importa que mañana todo permanezca donde lo dejamos. El ahora es más fuerte y puede mantenerlo amordazado en algún oscuro rincón lejos de aquí. No puede contigo, no puede con nosostros, porque el tiempo se detuvo aunque las agujas del reloj se empeñen en seguir girando.      Te veo a través de la ventana. La tímida luz de la habitación muere reco...

Sobre la retórica

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     Un buen amigo me confesó que disfrutaba mucho con mis escritos, pero que daba demasiadas vueltas para descubrir la trama. Exceso de adorno. De aderezo. Y es posible que tenga razón.      El ser humano posee esa tendencia innata por expresar sus opiniones y pensamientos de forma constante, tratando de influir en los demás. No es tarea fácil.  Cuando les falta consistencia ―o directamente no les asiste la razón― suelen recurrir al viejo arte del hermoseamiento, con el fin de poder condimentar el argumento. Si te apetece entrecot y te traen una ensalada, muy bueno debe ser el aliño para hacerte olvidar la carne.      Así que me lo tomé como una crítica constructiva. Pensé ¿Merece la pena tanto rebuscamiento, tanta grandilocuencia, para vender una ensalada?      Estrujé mi resacosa cabeza empapada en Jack Daniels y busqué respuestas. Al instante supuraron decenas de momentos históricos que me ...

Como en una película de Tarantino

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    Como en una película de Tarantino. Sólo faltó la sangre. Pero claro, no somos americanos.     Aquella mañana de sábado no tenía nada de especial. Ni siquiera la resaca. Quino, Francis, Candy y yo, apuramos la madrugada como de costumbre. En la discoteca, el pinchadiscos y la banda sonora de Dirty Dancing nos insinúan que tal vez va siendo hora de irse a casa. Paramos un taxi. El taxista, un gigante rabúo, acebonao y con la cara del que peleaba con James Bond, sin duda esperaba otro tipo de clientela.      Yo tenía una habilidad. Era capaz de nebulizar polvitos de estornudar en medio de una reunión sin que nadie se percatara. ¡Pfff, y ya estaba en el ambiente! Lo cierto es que no hicimos nada que mereciera tal recibimiento. Me enerva que no me devuelvan el saludo. De modo que sí. Lo hice. Esparcí esa mierda por todo el taxi. En pocos segundos mis ineludibles cómplices lo advierten. Se miran unos a otros al tiempo que tratan de co...

A propósito de la dignidad

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     Después de terminar el servicio militar y retomar de manera fugaz mi trabajo en la carnicería, me encontré con mi primera situación oficial de desempleo. Tenía veinte años y más tiempo libre que nunca. El finiquito y las prestaciones me ayudarían a cumplir mi sueño: tocar la guitarra en una buena banda de rock. Lo malo de crecer en un barrio obrero es que, a menudo, se tiene el sueño ligero, y ver a mi madre fregando cubos de basura en la comunidad de vecinos por ciento veinte pesetas al día, hubiese despertado al mismísimo Morfeo.      Creo que fue Aristóteles quien dijo que la dignidad no consiste en poseer honores, sino en merecerlos.      Cuando mi vecino Celestino apareció por casa comentando que necesitaban un conductor de furgoneta en la obra, no me pude negar. Apoyé mi Talmus Stratocaster una vez más sobre la pared de mi cuarto y me zambullí de lleno en el maravilloso mundo de la construcción.  ...